viernes, 1 de enero de 2016

Año nuevo, vida nueva.



Hoy agradezco  y dejo ir. 

Agradezco lo bueno y lo malo. Los buenos momentos y los acontecimientos que me han apenado. Doy gracias a los viejos amigos y a los nuevos conocidos, a la familia, a mi pareja y a los compañeros de trabajo. Agradezco las oportunidades, las experiencias y los problemas. Agradezco el estar viva y disfrutar de todo lo que vendrá... y por eso dejo ir. 

Abro la puerta y despido lo bueno y lo malo. Lo malo (nadie lo quiere), me ha permitido crecer, aprender, reflexionar y cambiar. Lo bueno me ha hecho reír, pasarlo bien, gozar, compartir... y también lo dejo ir.

Estoy abierta a nuevas posibilidades (algunas buenas y otras difíciles), a experiencias diferentes, a caminos que aún no he transitado, a vientos y tempestades, a brisas que reconfortan y al sol que calienta. 

Gracias por todo. Feliz y próspero 2016.






martes, 3 de noviembre de 2015

Sobre faltas y ausencias.


Llamo por teléfono a un colegio y pregunto por una profesora. La persona que me atiende contesta:

- Lo siento, ha faltado.
- ¿No viene hoy? ¿Cuándo podré encontrarla?
- No –insiste tajante- le digo que ha faltado.
- Ah… ha faltado –repito en un intento por aproximarme a mi interlocutor. Silencio.- y… ¿lleva días de baja?
- Faltó en primavera - confiesa al borde del llanto.

No, no es una llamada típica, no me sucede a menudo. Pero me da por pensar.

Cierto que vivimos en una sociedad que huye de la muerte y de su reconocimiento. Cuanto menos la nombremos y los encaremos (a los muertos, a los difuntos, a los cementerios, a las mortajas, a los sepulcros) mucho mejor.

Cierto que morimos y dejamos asuntos por atender (contratos, salidas al teatro, bodas, hipotecas, hijos que criar, charlas, bailes, canciones por aprender, libros por descubrir, caminos por andar…) Sin embargo, el difunto ya no siente el peso de todas esas responsabilidades (quizás tendrá otras, dicen algunos). Y sin embargo…

… sin embargo, a los que quedamos y no hemos partido (partir, faltar, traspasar, viajar, expirar, apagarse… por no decir morir) nos queda un rescoldo de abandono, un “te vas y yo me quedo”,  un “me has fallado” en los labios, un asomo de reproche, un “¿qué voy a hacer ahora?”, un asombro, una sorpresa, un “cómo puede ser”, un “¿por qué a mi?”…

Me he quedado con las ganas de preguntarle en qué le había faltado, que lugar había dejado sin ocupar, que promesas incumplió, que sueños se derrumbaron, que citas anuló, que tiempo se perdió.

Y recuerdo otra conversación, de hace unos años, cuando una joven –respondiéndome a los ojos, con una mirada que aún no ha conocido la muerte- me dijo: “yo es que no creo en la muerte” Y la entendí, porque yo también creo en el alma, en la energía y en toda la fuerza de la vida. La entendí. Y me quedé con las ganas de contestar: “A la muerte le da lo mismo que no creas en ella, ella cree en ti”. Todos morimos, ninguno escapa. Creo en la vida.  Creo en la muerte (podredumbre, putrefacción, finiquito, reloj biológico… llámala X)

Algún clásico advierte (desde el conocimiento, con la mirada ya enfrentada a la muerte): “Yo me voy, señora mía, yo me voy, el alma no."


O, si alguno lo prefiere, con palabras de mi abuela: “¿Qué te crees? Ninguno quedaremos para simiente”. 


viernes, 16 de octubre de 2015

Escupe tus monstruos



Siempre aprendo algo impartiendo mis cursos y talleres. Observar los comportamientos y las relaciones de los demás (igual que hacemos cuando disfrutamos de una obra teatral) es como asomarse a un espejo que te refleja, aumentando tus defectos o evidenciando tus carencias.

Procuro llegar con tiempo de sobras antes de empezar mis clases.  Son unos minutos claves para mi: puedo saludar y hablar con las personas que llevan el centro o la escuela donde realizo el taller, preparo el material y la sala del curso y me doy un espacio interno para concentrarme y prepararme para empezar.

Hace un par de semanas, la vida me deparó otro regalo. Llegué dispuesta para el ritual que ya he comentado. En recepción, había un montón de niños con sus madres (sí, todas eran mujeres). Salían de un taller para niños. Estaban excitados, hablando todos a la vez, llevando en las manos unas manualidades de vivos colores.

Interesada, pregunté… y obtuve respuesta: “Hemos trabajado los miedos –me dijo la persona responsable de la clase- Los niños han representado su monstruo, cada uno como ha querido” Entonces, en voz alta, dirigiéndose a los niños, añadió: “Ahora, cuando lleguéis a casa, comeos vuestros miedos” Y, en tono de confidencia con las madres, “Estas piezas de colores están hechas con almidón de patata y son comestibles” Las progenitoras, encantadas, asintieron todas y salieron muy contentas.

Los pelos se me pusieron de punta. Pensé (por encontrar una explicación) que la alegría de las madre se debía a que, de un plumazo, les habían resuelto el problema de la cena… o que su lucha por el medio ambiente les llevaba a obsesionarse con el reciclaje y no ver nada más… o que el plan de ahorro en la economía familiar les impulsaba a aprovechar todos los recursos disponibles una y otra vez…

Quise decirles: “Acaban de ordenar a tu hijo/a que se coma sus miedos… ¿y a ti te parece bien?” ¿Por qué? ¿Tú estás dispuesta a hacer lo mismo en tu vida? Después de un trabajo maravilloso con los miedos, de hacerte consciente de los monstruos que habitan en ti, una vez que los has sacado en un grupo privado y protegido, que los has plasmado en una creación multicolor… ¿ahora vas a tu casa y te los tragas otra vez? ¿Por qué?

Se lo comenté a la persona responsable del taller infantil (y, de paso, a la encargada del centro que también estaba presente en la conversación) Ninguna de las dos vio nada malo en enseñar a nuestros niños y jóvenes a tragarse sus monstruos. Al contrario, les pareció muy creativo y novedoso.

Yo te propongo otra cosa: escupe tus monstruos. Del modo que quieras: uno a uno, a tropezones, en vómito, de tirón, machacaditos, pulverizados, a trozos o con arcadas. Sácalos todos. 

Y tú, ¿eres de zamparte tus miedos o prefieres deshacerte de ellos?



viernes, 19 de junio de 2015

El tiempo y el arte de conversar


Los físicos ya nos advierten: "el tiempo y el espacio son lo mismo." Una idea que, de entrada, puede parecer compleja y difícil, en la práctica, a mi me ha resuelto muchos aspectos cotidianos y profesionales. 

Como yo no soy un alma científica, aplico las lecciones de la física a mi manera, (reconozco que puede ser completamente contraria a lo que predican y defienden, pero, en este caso, la ignorancia me aporta una gran tranquilidad).

¿Cómo aplicarla en el arte de conversar? 

Yo lo he entendido del siguiente modo: 

  • Si el tiempo y el espacio son lo mismo: quiero expresar 4 ideas en 30 minutos de tiempo. Cada idea me lleva unos 10' desarrollarla. Por lo tanto, tengo dos opciones: o consigo 10' más de exposición ó escojo 3 ideas y descarto una. 
¿Fácil, verdad? 

En la vida real, ¿cómo lo aplico? Siguiendo estos puntos básicos e imprescindibles:

  • 1. Date el tiempo (y el espacio)  para hablar, conversar y relacionarte.
  • 2. Cuida que ese tiempo (y espacio) sea tanto grupal, colectivo, en pareja, familiar como el espacio íntimo e individual (hablar contigo mismo, escucharte, saber de ti, alentarte, mimarte,  demostrarte que te quieres y aprecias.)
  • 3. Respeta el tiempo acordado. Practica la puntualidad. Si en el ámbito personal es importante y es una muestra de respeto y re-conocimiento del otro, en el área profesional no puede ser de otro modo. Yo vengo del gremio teatral. ¿Te imaginas acudir a una representación teatral y que la obra empiece con 30' de retraso? ¿Cómo crees que reaccionaría el público asistente? ¿Crees que beneficiaría en algo a la sesión y a los resultados finales? 
  • 4.  Prepáralo todo con antelación. Otra vez, tómate tu tiempo y tu espacio. Si tienes que hablar en público, antes, tienes que reservar un tiempo para asegurarte que todo está como quieres, tanto los objetos (herramientas, utensilios, espacio, objetos...) como lo intangible pero básico (el discurso, las ideas que quieres transmitir, la energía que vas a utilizar -la tuya, no la de la compañía eléctrica- el tono que aportarás...)
  • 5. Cuando llega el fin, el tiempo (y el espacio) acaba. Una vez dicho lo que tenías que decir, expuesto el material preparado, respetado el turno de preguntas y dudas, lanzada la llamada a la acción... llega el final y es una despedida. No lo alargues.
  • 6. El tiempo (y el espacio) de reflexión y aprendizaje. ¿Qué ha salido bien y estás contento? ¿Qué has hecho para que saliera bien y puedes repetir? ¿Qué aspectos se pueden mejorar? ¿Cómo los puedes mejorar? Son algunas de las preguntas que necesitan su tiempo y espacio correspondientes. 
  • 7. Un tiempo para agradecer. Agradece a la sala, al público, a los organizadores, a tu equipo, a tu familia, a ti mismo (mejor con un premio, aunque sea un tiempo -y espacio- para tomar un café en tu terraza preferida).
Estoy segura que la práctica de estos puntos te ayudarán a planificar y a resolver mejor tus presentaciones delante del público. Ya me contarás. 



domingo, 7 de junio de 2015

Vende tu mensaje: 1. Saluda a tus miedos


"Primera hora de la mañana. Participo en un encuentro profesional. He preparado mi exposición durante semanas. Están acabando de llegar los participantes. Uno de los organizadores me comunica que han cambiado el orden del programa. Mi charla es la primera. Me esfuerzo en sonreír y le aseguro que no hay ningún problema. Me sudan las manos. Tengo la boca seca. Bebo agua. Pienso: "tengo que ir al lavabo" No hay tiempo. Intento concentrarme en un lugar apartado. La mente salta de una idea a otra. La organizadora se acerca. Me avisa que van a cerrar puertas. Mi corazón se acelera y mi mente se queda en blanco. Noto que la blusa se me pega al cuerpo. Hace calor. Entro. Todo el mundo ha tomado asiento. El presentador me hace una señal. Las piernas me tiemblan. Me acerco al escenario y subo..."

Ufff... ¿te suena la situación? Todos tenemos miedos, mucho más cuando nos tenemos que exponer ante los demás y "vendernos" de algún modo ¿tú también, verdad? Pero, ¿te has parado a pensar qué es lo que te da miedo?

Si te encuentras con un león en medio de la calle o una pitón en medio de tu pasillo es lógico que tengas miedo (yo estaría aterrorizada, entraría en pánico, directamente). Es el miedo primario, el que te ayuda a sobrevivir.

Hoy hablo del otro miedo:

¡Señoras y señores, hoy saludamos al miedo que nace en nuestra mente!

La vida te presenta retos, problemas, obstáculos, situaciones nuevas, inesperadas... Y tú ¿cómo los afrontas? ¿Qué te dice tu vocecita interior? ¿Te invita a seguir adelante? o, más bien, ¿te dice que tienes que sentir miedo?

Si lo piensas bien, el miedo nace en tu mente y, si lo dejas, se instala en tu cuerpo. Una vez acomodado, el miedo te bloquea, te impide actuar, moverte, avanzar. Si intentas luchar y liberarte, la mente te vuelve a recordar los motivos por los cuales tienes que tener miedo y... vuelta a empezar. 

Así que...

          ... Saluda a tus miedos. Están aquí, contigo, y son tuyos, de nadie más. Forman parte de ti, no te abandonarán. Tú los creas, si intentas destruirlos o combatirlos estás luchando contra ti mismo. Tener miedo no es bueno ni malo, es. Lo importante es lo que haces con tu miedo.

Voy a compartir siete pasos para convivir (y transformar) tus miedos:

Primer paso: Coge papel y lápiz (o boli o rotuladores de colores) y escribe todo lo que se te ocurra que puede suceder. Sin pensar, escribe el guión de tu peli de terror.

Date un tiempo para observar cómo te sientes. ¿Te ha resultado fácil? ¿Liberador? ¿Te has angustiado? No lo razones. Escribe dos o tres palabras que describan cómo te sientes.

Segundo paso: Prepara lápices de colores (acuarelas, ceras...), retales de tela, papeles de colores, revistas viejas, tijeras...  y dibuja y plasma cómo es tu miedo. ¿Qué rostro tiene? ¿De qué color es su pelo? ¿No tiene pelo?  ¿Es grande o pequeño? ¿Te enseña los dientes o sonríe? ¿Tiene las piernas largas o patas cortas? ¿Tiene manos para atraparte? ¿Es uno o son muchos?

Míralo. Date un tiempo para observar cómo te sientes. ¿Te repele lo que ha surgido? ¿Te agrada? ¿Te sorprende? ¿Te da alegría? ¿Quizás tristeza? No lo razones. Escribe dos o tres palabras que describan cómo te sientes.

"Miedo a que no me quieran" Trabajo realizado en un taller. 
Tercer paso: Con tu miedo mirándote (en forma de dibujo, collage, escultura...) relata en voz alta lo que has escrito. No lo leas. Lo tienes que sentir otra vez. Habla sin pensar, vomita las palabras. Si no hay palabras, saca sonidos. Sin esforzarte. No pares, de un tirón. Da lo mismo que no sea exactamente igual a lo que has escrito, que añadas cosas nuevas o te olvides de otras.

Date un tiempo para observar cómo te sientes. ¿Las palabras salían de tu cabeza o de tu corazón? ¿Tenías que buscarlas? ¿Qué le ha pasado a tu respiración? ¿Tu cuerpo estaba libre o encorsetado? No lo razones. Escribe dos o tres palabras que describan cómo te sientes.

Cuarto paso: Vuelve al escrito del primer paso. Subraya en diferentes colores los miedos que has imaginado. Puedes empezar por los obstáculos (no encuentro el lugar dónde voy a dar la charla, el sistema de audio no funciona, no hay sillas para el público...) Sigue con lo malo que puede suceder (me quedo con la boca seca, sudo mucho y mancho la camisa, me tropiezo al subir al escenario, no viene nadie a escucharme, llegan dos personas pero se han confundido de conferencia ...) Sube otro peldaño: subraya lo peor de lo peor (empiezo a tartamudear, no me salen las palabras, se ríen de mi exposición...)  Localiza las exageraciones, el límite (tiemblo tanto que se me cae el vaso de agua, se moja el cable del micrófono y me electrocuto, me da un ataque al corazón y caigo al suelo... y encima, se me rompe la cremallera del patalón/falda, la prenda se cae al suelo y me quedo desnudo)

Quinto paso: ¡Ya está! Eso es todo lo malo que puede suceder. Ahora vas a distinguir entre lo posible y lo probable. Todo lo que has escrito, dicho en voz alta y dibujado ¿es posible? Según las matemáticas, todo es posible. Estas situaciones y hechos ¿son probables? La mayor parte, no. Lo que no sea probable y/o escape de a tu mano (que se caiga un meteorito del cielo, por ejemplo) lo tachas.

Y con el resto, con lo que es probable que pueda suceder  ¿qué tienes que hacer?

Sexto paso: Uno por uno buscas posibles soluciones a lo que sí es probable que pueda suceder. Si una solución no te convence o no es accesible, busca otra hasta. La creatividad será tu mayor aliada. Por ejemplo:

Imaginas (miedo) Tengo la boca seca ==  Solución (acción) Te aseguras de tener un vaso de agua a mano 
Imaginas (miedo) El audio no funciona == Solución (acción) Con antelación te aseguras que funcionen todos los recursos técnicos
Imaginas (miedo) No me salen las palabras == Solución (acción) Preparas con tiempo tu charla, el mensaje que quieres transmitir, la estructuras y la ensayas. 

Séptimo paso: Siempre tendrás miedo de algo. A todos nos ocurre. Lo más práctico es que asumas que tienes miedo y... actúa. No lo dejes, ni lo evites, ni pongas excusas... Prepárate. En cada nueva situación, en cada etapa, habrá errores. Forman parte del camino. Cada charla, ponencia, conversación o entrevista de trabajo es un peldaño más. No te quedes a medias.

Y tú, ¿qué haces con tus miedos? Compártelo, me gustará saberlo. Espero tus comentarios



lunes, 25 de mayo de 2015

Vende tu mensaje: receta paso a paso.


Estás en un aula, rodeado de compañeros, asistiendo a un curso de oratoria teatral. Si te digo: “sal delante de todos y vende algo, lo que sea”… ¿Qué pasará? En general, dos de estas situaciones:

1.- Estás tranquilo, confiado y eres capaz de exponer todo tu discurso y llegar a tu auditorio.

2.- Te pones muy nervioso, tu cabeza va a mil por hora, no sabes por dónde empezar, no sabes cómo mover tus manos, tu boca se reseca, la voz te tiembla, se te olvidan cosas, tienes lagunas, el auditorio se aburre…
Si eres de los primeros, enhorabuena. Si eres del segundo grupo, este artículo y los que van a llegar los próximos días son para ti.

Volvamos al aula. Las mismas circunstancias: tus compañeros, el curso de oratoria teatral y, de pronto, te digo: “sal delante de todos y explica una receta, cualquiera, aunque sea cómo preparar tu bocata preferido”. La cosa cambia ¿verdad?

Y no debería. Si lo analizamos fríamente los elementos son los mismos:
  • Un orador (tú)
  • Un auditorio (tus compañeros)
  • Unas palabras (el mensaje)
No te preocupes. Yo te ofrezco mi receta, la básica, la que todos podemos aplicar. 

Primero tienes que ser consciente de lo que ocurre. ¿Dónde está la diferencia en los dos ejemplos? En la palabra “Vender”. Éste es el hombre del saco, el malo de la película. Si podemos lo evitamos. Y, sin embargo, la realidad es que todos vendemos cada día, aunque no nos demos cuenta.

He buscado en el Diccionario Real Academia Española Cierto que algunas acepciones de la palabra son negativas, por cultura y perjuicios la hemos ido desvirtuando.

Me quedo con la que creo que todos cumplimos, la que nos conecta con nosotros mismos, nuestras ilusiones y la que podemos entregar a los demás de forma más limpia:

“2. tr. Exponer u ofrecer al público los géneros o mercancías para quien las quiera comprar.”

Ahora, en lugar de “público” pon: madre, pareja, hijo, profesor, amigo, desconocido, vecino, cliente, alumno…

En lugar de “género o mercancía” puedes poner lo que tú quieras: proyecto, curso, viaje, boda, amistad, negocio, plan, ocio…

De este modo, te das cuenta que “vendes” cada vez que:
  • Propones un viaje a tus amigos
  • Hablas con un desconocido (y posible cliente)
  • Acuerdas las vacaciones con tu compañero de trabajo.
  • Sales a hablar delante de la clase.
Pues sí, vendes continuamente, tanto si callas como si hablas. Mejor aprender y mejorar para conseguir tu objetivo, para que todo fluya mejor. Tengo 5 pasos básicos para que tu receta sea un éxito. Y te los ofrezco en 5 artículos que voy a publicar las próximas semanas:
  1. Saluda a tus miedos.
  2. Haz tuyas tus palabras.
  3. Tu cuerpo habla.
  4. Escucha, escucha y escucha.
  5. ¿Qué puedo ofrecer?
Espero que te guste, te aportarán muchas herramientas. Ya sabes que el truco del almendruco es la práctica. Ya me contarás cómo te va.